lunes, 29 de septiembre de 2014


UNA TARDE DE EL MES DE JUNIO:

Todavía hoy, no sé qué hubiera pasado si aquel día de hace tantos años, en la habitación de la que en aquel tiempo tenía el cuerpo exinanido, la debilidad de su anatomía y su ánima, iban parejas.

La puerta situada a la izquierda según se entra de la calle, daba paso a un dormitorio, en el que la pitusa frágil de dieciséis años, se cambiaba un biquini de un rojo intenso, al principio estuve, juicioso y me senté en la cocina situada más adelante a la derecha de un pasillo corto, hablábamos en la distancia, y yo miraba la parra de aquel patio trasero que la casa casi rural tenia.

La voz de ella  tan característica, sonaba en la alcoba vecina, el deseo, me invadió de pronto, mi Príapo, enardecido y yo nos levantamos de la silla que ocupábamos en la cocina dirigiéndonos al aposento de la adolescente, la rendija de la puerta entornada, dejaba ver junto a la cama la desnutrición de la manceba, me situé a una distancia prudencial, “en aquel tiempo mi vista era  mejor que ahora “, subí mi visión desde los pies, primero el izquierdo, que era el más cercano a mi posición, recorrí su tobillo huesudo, su pantorrilla no mas carnosa, hasta llegar a su enjuto pernil, viéndolo lateralmente, de pronto la voz de la fámula, se interrumpió, se dio la vuelta y en ese momento el ímpetu contenido en mi entelequia secreto el albo humor, al ver la áurea quiebra de su cuadril, tan pulcra, tan prieta, sus  belfos enjutos carmesí,  la ensortijada guedeja, que  cubría el triangulo de su  andorga chupada, mi psiquis, casi puede la razón, pero pude seguir subiendo mi observación furtiva, la camiseta que en su busto, ya tenía puesta, dejaba entrever dos inhiestos pitones, sobre dos diminutas protuberancias, se dio despacio la vuelta, saliendo de mi campo de visión.

Nunca sabré, si ella supo de mi furtiva mirada, si fue una invitación velada o que hubiese pasado,  de haber traspasado el umbral de la alcoba,  la cogería en mis brazos, besando su  faz frágil, acariciando su largo cabello bermejo, de una luz áurea intensa, la cubijaría entre mis brazos, como a un gorrión desvalido, después de que el trampero se hiciese con su madre de forma atroz, la recostaría en la cama, con delicadeza, y la colmaría de pasión.

Nunca sabremos ninguno de los dos, lo que hubiera pasado, pues el pringue de mi ser genésico, me abochornó  dejando a la hermosa doncella,  en la intimidad de su morada.

Hoy después de tantos años, todavía no se si la ya afamada y nada frágil mujer, intuyo mi pábulo,  ni sé si ella se entero de lo efímero,  del hálito de mi ánima, pero yo sueño todas las noches con ella, no con la afamada mujer, hoy en día con no digamos que oronda, sino con la lasitud de la pitusa de antaño.

Sabiendo perfectamente que el tiempo jamás vuelve, y que rara vez de segundas oportunidades, rezo, miento no rezo pues no soy creyente, mi anhelo es y será saber lo que hubiese sucedido de haber traspasado el umbral del cuarto de aquella casa blanca de aquel barrio pobre de aquella ciudad del noroeste peninsular.

Pero me conformo, pensando que cada ser nace con el deber de realizar una obra y si la omnipotente, deidad, no tiene esos planes, tu tarea, será otra, no queriendo acabarla, su historia, sus recuerdos de aquel día de su pos puericia juventud.

Suponiendo que ya he dado suficientes pistas, a ella, hoy mujer de alta sensibilidad, apelo, dejando desde ahora mismo la pelota en su tejado, no para repetir el hecho, de antaño, si no para saber de una vez si lo que sucedió aquel día fue un hecho realizado consciente, teniendo esperanza que no me tache de atrevido.

Maldiciéndome mi tímido hálito, y la falta de hábito de aquel entonces, entonces la tristeza embriaga mi sustancia llorando,  mis desvelos de quedas insomnes veladas, siempre estarán con ella, mi bermeja célibe enjuta criatura.

Aquel día fuimos por la tarde a la discoteca…

Pero eso ya es otra historia ggg…

J.R.F.

viernes, 26 de septiembre de 2014


OMILIA, A…  LLAMEMOSLO X:

Y entonces la doncella bermeja trazó con anagrama firme sus cabilas en la epístola,  dando por hecho que él en la distancia la devoraría ávidamente, con aquellos fanales color avellana.

Esparció los polvos sobre la gradación, y soplo, dejando un tenue celaje albo en el aire, el legajo, cobro entonces consistencia, la encíclica, dirigida a un ser, falaz, en teoría, pero que ella savia que en el fondo era muy verídico, anhelando con aprensión, y avidez, la posibilidad de que él la leyera, y no sintiera lo furtivo de sus pensamientos garabateados en aquella correspondencia.

Había desnudado sus sentimientos, en aquel halito que su ánima, exhalo en forma de  homilía, narrando los sueños y anhelos de sus vigilias de pitusa  célibe.

Puso la carta dedicada a aquel hipotético lector, en un sitio para que él pudiera leer su contenido.

Cuando este leyó con avidez la letanía, tuvo un desasosiego, su denuedo, valor, se ofusco en el pensamiento por otra pare feliz de que la zagala soñara en sus veladas intimas con que el la haría dichosa, y su congoja creció hasta su pecho, se sentó y plaño intensamente, con mezcla de felicidad y temor de que al hacer realidad todos los sueños, el encantamiento se rompiera, guardo para si en su corazón el epistolar pergamino, dejo una nuevo mensaje, dejando de manifiesto la cobardía,  que en ese tema sentía, instando a que en el futuro si  ella le otorgase el privilegio, de su gracia,  siempre él la tendría presente en sus modorros descansos.

Anhelando siempre la felicidad de la dama él puso en ese momento la decisión en la conciencia de zagala.

Caminando despacio salió del palacio del duque, pasando junto a la fuente, miro en el interior del pozo de los deseos, su espíritu, exhalo un halito frío, siguió andando.

Cuando supo la verídica crónica del epistolar escrito, denigró su mala estrella, y su candidez, al interpretar la leyenda con desatino, el pliego que se encontrara la manceba, con sus reflexiones, no le importó que lo percibiera, pues se dijo a si mismo que era lo que su ánima sentía por la joven célibe, suelta, casadera.

Le dio primero un montón de vueltas a su cabeza, rumio toda una noche sombría, receloso, y celoso, suspicaz de aquel que le daba tanta pasión a la que él juzgaba,  el halito de su ser, no entendía, como ella, podía siquiera ensoñar con aquella persona, en principio ilusoria, pero ya casi a la aurora, recordó entre lagrimas la armonía que sentían, el uno con el otro, la harmonía de sus espectros, en otro tiempo vacios, y ahora llenos de aquella amistad que él nunca  pondría en peligro, aunque muriera de celos.

Volvió a pasar por la fuente, el pozo de los deseos, seguía en el mismo sitio, rio, y busco en un bolso de su atuendo, echando unas monedas en el, unas monedas y alguna lagrima, con la esperanza y a la vez , con duda de que sus ensueños se hiciesen alguna vez realidad.

Enjugo las mejillas y siguió caminando esta vez ya con el halito de su espíritu en concordia, silbo una canción, conocida, y se alejo caminando.

j.r.f.

lunes, 15 de septiembre de 2014


EN EL UNICO SITIO DONDE NO LE PICO:

Esta historia es una historia que alguien me conto en una barra de un bar, una historia como otras tantas,  llena de luces y sombras, donde la realidad se mezcla con la ficción.

Aquel bar de un pueblo perdido en el noroeste de la península, yo la he dejado fraguare, y madurar,  para poderla novelar, todos los hechos, personas, y lugares, son producto de mi imaginación,  todos los parecidos con la realidad son mera coincidencia, “o no”:

La sabana áspera de lino blanco cubría las piernas de la zagala.

La bermeja mata del triangulo de su cuadril ensortijado, cubierto de la minúscula prenda translucida, dejaba entrever, el abultamiento de su belfo intrínseco.

El insecto introdujo su aguzado aguijón, en la mucosa salobre y libo el néctar, dejando allí su mortecina simiente,  justo en el centro de la flor carmesí de la doncella, despertándola presto, por el calvario.

Pasaron dos días, y el níveo flujo de la pústula  que corría por  su intimidad fue aliviado por aquel amigo de antaño, lavando la rosa de Alejandría, con delicada ternura.

La pústula, cicatrizó, no pudiendo  la dama volver a tener descendencia, pues la infecta  hendidura quedó  a tal efecto deshabilitada.

Hoy yo, tomando una caña en un bar, llego hasta mis oídos un rumor, de porque la pruna cetrina, jamás tuvo hijos, recordándome a la vieja amiga, de cabellos dorados.

Y volví a vivir la escena con tal nitidez,  volví a ver  con mis propios ojos, aquella sima, el humor, la fragancia, el craso fluido, y los lamentos de aquella pitusa.

Me levanté, Salí por la puerta, a la plaza de la iglesia,  con los ojos nublados de lágrimas, dejando que la gente, aumentara la ya gran bola de nieve, de aquella historia de otro tiempo, unos recuerdos lejanos del siglo pasado.

J.R.F.

EL ESPEJO MAGÍCO:

 

La diosa de ojos azules sonrió al mago con su mirada de hielo, el vio el alma de  ella, la zagala se despedía de él.

La tristeza del mago  no  tuvo parangón pues justo después de la alharaca, no imagino que por descontado, aquel ángel de cabello dorado, tuviera que partir al amanecer rumbo a su enclave, asiduo.

La mirada fija en el espejo,  sus ojos color avellana se perdía en la inmensidad del cristal pulido, soñando con ella, recordando que la conoció en aquella casa de aquella ciudad de la edad de los hombres, de antaño, la casa de sus ancestros, una casa blanca con su patio trasero, su parra y sus geranios.

Recordó también aquella miniatura de su   jaez, roja de dos piezas, el alma del mago cayó al suelo, las lágrimas brotaron de sus ojos cárdenos por los días que llevaba en pie.

El espejo le devolvía la imagen a aquel mago, de edad in cierta, una imagen de un hombre áureo, en su juventud, que hoy ya casi en la totalidad de aquel bozo, campan unos nacarados mechones.

Fuera, en la calle,  los quejidos, pesarosos, de los brunos, volátiles, luchando entre sí, por el alimento del árbol que da dos frutas, llegaba a sus oídos.

El contra hechizo, no avía servido de mucho, el ya savia lo que iba a suceder, en un futuro yuxtapuesto, pero aun tenía la esperanza    de que el oráculo, del sueño, se hubiera equivocado, aunque en su interior, sabía que no.

El nigromante, tenía un poder superior, pero para aquel  veterano mago, el futuro, era todavía  un tiempo que el espejo, no le mostraba.

Se enfundó en su capa negra, una capa de lana merina, cuyo forro interior de seda roja, le aportaba  resguardo para aquellos álgidos días, tomo su arma, enjugo con el dorso de su mano los húmedos ojos, y moduló un cantico en un idioma antiguo, “?F()I FMF H.PF /--)F/)/X/IF” saliendo de la presencia del espejo.

La casa del mago era alta, la escalera de granito gris que comunicaba la segunda planta con el recibidor, estaba orientada al levante, el mago, innovó un hechizo de protección, que en tiempos no hacía falta, pero ahora era imprescindible, pues corrían tiempos convulsos para las gentes de aquella localidad.

Tomó la calle por su izquierda, en dirección a la catedral, el conde, vivía a la lobreguez de esta, y en aquella ceremonia, ejercía de padrino.

La diosa, bermeja, miró al mago con su mirada azul celeste, y pronunció con voz firme “si quiero” y   la algarabía se hizo dueña de la localidad.

La cueva encarnada de la pruna cetrina, bermeja palpitaba rítmicamente cuando engullo el Príapo del mago, que aunque ningún  hechizo,  de este, pudiera ya hacer que la diosa huera, tuviera hijos, el mago, y ella , usufrutuaron, de aquella noche de bodas…

El sueño del oráculo fue escrito de inmediato,  la bruta bestia cornúpeta, hinco  su rejón inhiesto, en las carnes del mago,  precipitando el final.

Por eso ya no puedo recordar el final de la historia, una historia de un país muy, muy lejano, donde lo real coincide a veces con lo exotérico, o no, un país donde lo más importante es ser buenos…

 Habéis sido buenos… ggg…

J.R.F.

martes, 22 de abril de 2014


SONETO GUIMARO:

Al filo de la media noche

La pruna cetrina, bermeja

De cabellos ensortijados,

Plañía sin consuelo.

A nadie dijo su pesar

Aunque le preguntaron,

Dejándolos  preocupados

Y con una honda pena.

Lagrimas sabrosas corren

Por semblante seráfico,

Lamento, de dudosas pesadumbres o desencantos,

Inciertos jamás contados.

Mi amiga suspira,  sin sosiego,

Al filo de la media noche.

J.r.f.
siempre sere tu pañuelo moquero querida amiga...

jueves, 12 de septiembre de 2013


La boda:

La mañana se presentó fría el termómetro del vehículo marcaba trece grados, él ya desayunado, se dirigió velozmente, calle abajo, el automóvil blanco tenia el polvo pegado a su carrocería, pues llevaba en aquel corral, desde la prohibición del co2.

Llevaba puesta una camisa de cuadros rojos, sobre fondo blanco, impoluta, que él hombre colocaba cada noche con sumo cuidado en la percha del galán que cohabitaba con el cada noche, la raya del pantalón negro, no existía, pues los doblaba cociéndolos de la entrepierna y haciéndolos girar  por la costura, un truco que le enseñara su madre cuando era joven.

Tras el alto el fuego, se volvió a permitir el uso de los automóviles y/o motocicletas que todavía más mal que bien la gente conservaba.

Conduciendo con el río a su derecha, quedando atrás las ruinas del puente romano, siguió río arriba hasta llegar a su destino, diez minutos de viaje sin trafico.

Entró en el almacén, el hombre armado   con un fusil de asalto ak44 de procedencia soviética, lo miró con indiferencia, al pasar por su lado, la alarma salto, él se tiro al suelo, el arma escupió fuego y la sangre empapó la camisa de él, el humor cálido le empapo la espalda y aquel peso estuvo situado en su espalda varios segundos.

En el nuevo orden, los ciudadanos elegían a los alguaciles, y luego estos se ocupaban de la seguridad de todos.

El traje negro con rayas finas blancas que compro, le quedaba un poco corto de mangas, y largo de piernas, pero en aquellos tiempos no le importaba, ya no se acordaba cuando en el viejo mundo, se podía elegir toda clase de servicios, pudiendo pagarlos.

En la cartilla habilitada por el gobierno provisional, le sello el cajero tres hojas lo que equivalía a   diez días de  trabajo para aquel negro tirano que servia al cacique de turno.

La gasolinera al pie del almacén estaba bacía,  el hombre armado paseaba de izquierda a derecha él tomó el surtidor con la mano derecha conectándolo en el tubo situado en la parte derecha trasera del viejo auto.

Después de realizar todos los trámites que para el uso de material explosivo, inflamable y/o peligroso marcaba la ley   volvió sobre sus pasos llegando a su casa situada encima de la cuesta de aquel barrio obrero.

Su sobrina, una niña de cuatro años lo estaba esperando a la puerta, el la sonrió, haciéndole una caricia en el pelo, puso su camisa en remojo le echo jabón en polvo de aquella marca tan famosa en tiempos menos turbulentos, tomo otra del armario, montó a la niña huérfana a su lado, y se dirigieron   a el ensayo de aquella boda, la primera después de lo que pasó, en aquellos tumultuosos tiempos no podías asegurar que los novios, no se acuchillarán entre si la noche de bodas,  en aquellos momentos gracias a el orden ya establecido, y la mano dura que empleaban los comités de zona, la gente trabajaba, sin excepción.

La luz entraba en la iglesia aquella hora de la tarde, por la ventana situada debajo del campanario, dando un tono verde, cobalto, plomizo y rojo, en el pasillo central, la niña se dirigió con un vestido blanco, con su tul interior, con la bandeja de mimbre, y en esta trece monedas de plata que en el viejo mundo eran de curso legal.

La pareja de contrayentes la sonrió,  el sobrino de la novia, que formaba también parte de la ceremonia actuando de paje, le propino, un tirón del lazo rojo, que llevaba la sobrina de aquel hombre ya mayor que estaba sentado observándolo todo  en la parte atrás de la iglesia, donde la luz de aquella tarde no iluminaba las lagrimas que corrían por sus mejillas su mente estaba llena de recuerdos…

Jrf…   

 

lunes, 20 de mayo de 2013


HISTORIA POS ADOLESCENTE:

Me llamo Irene Falcón , la mayoría de vosotros, no me conocéis pues abandone el pueblo zamorano allá por el año 1922, desde este lejano país, en el cual me encuentro, no por amor, de ningún hombre, aunque quise a muchos, todavía recuerdo a aquel, un hombre alto, rubito, con ojos color miel, hoy mi nieta quiso ponerse delante de su maquina, una televisión con teclado de maquina de escribir, lo que añoro yo esos pequeños golpecitos en el papel, de mi vieja “olimpiette” en aquellas tardes de domingo que después de la huida hacia delante que mi familia realizo, copiando al dictado de esta pobre anciana, el relato de mi humilde vida después de abandonar tierras guímaras.

Mi madre, modista en el pueblo entró al servicio, aun no se muy bien como, pero un día alguien nos presento en una calle de Madrid, y la señora  una joven altísima  en aquellos momentos diputada en el congreso, tomó a mi madre como costurera, yo unos años menor, era como una chica que pululaba, sin parar por la casa enorme de aquella familia que para nuestro humilde entender era bastante adinerada.

Dolores, que así se llamaba la señorita, logró sin no  muchos esfuerzos, que pudiera ser admitida en un colegio de   monjas pues dijo que en aquellos días convulsos, eran las que a una joven como yo le podían dar una educación.

Las pobres madres, me enseñaron las letras, pero lo que hoy sé se lo debo a Dolores, ella siempre firme, me enseño a no bajar la cabeza delante de orgullosos terratenientes… pero me estoy hiendo, a ya se esto es otra historia que algún día  contare, centrémonos.

Cuado encontré a la muchacha, aquel día de principios de mayo del dos mil trece en aquel parque de la ciudad de Zamora, hablamos, y una cosa llevo a la otra, y soy Javier, le dije, soy de un pequeño pueblo que se llama Videmala, la joven que a groso modo, le llevaría mas de quince años se echo a llorar, me contó que su madre, había trascrito,  de boca de su abuela un documento que guerreaba envuelta en una piel antiquísima,  y la historia de la vida de su antepasada, que aparecer la situaba en Videmala a principios del siglo pasado.

Toque el lienzo, con mis propias manos, la hoja parecía un pedazo de historia lleno de polvo con unas letras en griego antigua, fue lo más cerca que he estado en  mi mísera vida de la verdad, la verdad con mayúsculas, las transcripciones que en un disquete de ordenador, me facilito, yo intentaré reflejar, según las ultimas voluntades de aquella descendiente de aquel pueblo, nuestro pueblo.

Irene miraba por aquella ventana de aquella ciudad del norte, la nieve cubría el suelo, la temperatura era demasiado gélida, Dolores le consiguió aquel piso, después de que tuvieran que abandonar Madrid, era la historia de su vida, siempre huyendo, pero esta vez con su amiga, Dolores en aquellos momentos tristes para todos, parecía estar mas entera, seria por su carácter vasco, pero su gran envergadura de mujer, enorme o por la educación ya recibida, pero irradiaba confianza a todos aquellos compatriotas que habían obligado a abandonar su tierra.

La muchacha no perdía detalle, escribiendo lo que Irene contaba, aquellos recuerdos de aquella ventana helada por aquel viento de norte que venia gélido, le contaba que la ventana miraba  a la salida del sol, en primavera este, entraba caldeándolo todo pero el día de sus recuerdos, la niebla cubría la era, una era igual que la de su juventud, los árboles del fondo con aquel manto de cenceño, y luego la ciudad, una ciudad extraña, con gente extraña, casi tan fría como aquel viento que se metía en los huesos, por donde vamos, su nieta releyó las ultimas dos líneas, a si, contesto Irene, todo empezó recuerdo en aquel día de invierno, la niebla helada campaba  alrededor de aquel viejo edificio, la calefacción de carbón, parecía quejarse para no dejar congelar las tuberías, al filo del mediodía llamaron al timbre, era Dolores, la acompañaba una mujer, casi de su misma envergadura, estoy segura que no me dijo su nombre… es Inglesa… nos vamos al cairo, vienes, a los tres días desembarcábamos en Egipto.

 Terra autem erat inanis et vacua et tenebrae super faciem abyssi outrigger.

La dirección que me facilito la nieta de Irene, me llevo a la calle del rosario, aquel día había nevado, los albañiles trabajando en una andamiada, en la pared de piedra arenisca, el frío,  congelaba el cemento, pase la rotonda en dirección norte, y situando la vista en la estatua de un fraile de bronce, congelado junto a una farola subí las tres escalinatas, deje al monje gélido a mi espalda, me introduje en los soportales situados a mi derecha, me introduje por una puerta lateral.

Deseo ver a Alberto, le dije a aquel hombre cuyo rostro irradiaba bienestar situado detrás de aquel mostrador color nogal espere por favor…

Alberto un hombre enjuto de cara de un metro ochenta de estatura aproximadamente, me sacaba diez centímetros, las escasas barbas canosas, la calva prominente, dejaba al descubierto un cráneo, largo, lo mire y no se, si se dio cuenta, no dijo nada, pero su cabeza, tenia la forma de un melón de piel de sapo por aquellas manchas tan peculiares. Soy Javier, y le di una inscripción en latín que me havia facilitado la nieta de Irene.

 Si le pareció bien, o mal, lo que en el papel decía ningún rastro en su rostro, tuvo mella, “Tienes coche” pregunto de repente, lo deje en el parking del centro comercial norte, y e venido hasta aquí andando, le respondí, sígueme dijo y salimos puerta a fuera.

El sol a nuestras espaldas, daba la sombra en aquel patio, mire hacia arriba, la esquina situada de frente, con dos columnas a mi izquierda conté cuatro  ventanas, en lo que sin duda alguna era el segundo piso,  en el primero, las ventanas, cincelaban un arco de medio punto, y en el centro de este una tenia un ojo de buey, la siguiente una especie de trapecio con los vértices redondeados, luego las ventanas algo rectangulares, siendo el bajo, una galería cuadrangular, con arcos que miraban aquel patio central, me fije en las baldosas, las piedras de granito, una clara, y otra oscura, pavimentaban  aquel patio hasta llegar a un brocal de un pozo, un pozo elevado en tres escalinatas hexagonales que disminuían según se elevaban del   nivel del suelo, el brocal del pozo de la misma forma tenia un sujeta poleas de forja, Alberto tiró de una piedra y me entrego un cilindro, volvió a colocar la piedra y salimos del recinto a toda prisa.

El lacre del sello que cerraba el cilindro, tenía un cordón con intervalos de mayor tamaño, conté hasta  ocho, cerrando abajo dos caracolas, en la parte alta un gorro coronado con dos llaves cruzadas, dos especies de bellotas, flanqueados por un castillo a la izquierda, y un león rampante, uñado y lenguado, a la derecha, una cúpula, con un hombre que imparte doctrina, a otros seis, situados tres a derecha y tres a izquierda del centro, una mesa con una equis cortada por una cruz, finalizan el sello, leyéndose en latín,  vultus in omnibus libris timentes, IIc, IX.

Salimos y ya en la calle me despedí de aquel hombre que puso en mis manos aquel objeto tan fantástico, sin conocerme de nada, nos dimos la mano y puse rumbo norte, una vez que deje a mi derecha el hostal catedral, continué a la plaza mayor, una carpa cubría buena parte de la fachada norte de esta, salí por la puerta que encontré a mi izquierda, dejé a la jabonería del carmen a mi izquierda, la rotonda que encontré me condujo a la avenida de Italia, y la calle   Álvaro Gil, otros diez minutos andando, llegue a la ultima rotonda, con su figura de la tauromaquia, envistiendo frente a una plaza en desuso, llegando a la plaza del bierzo tome mi automóvil y en cuarenta minutos, me encontraba en Zamora con la nieta de Irene Falcón. Entregándole el cilindro que aquel anciano me havia entregado.

Acertijos, en la oscuridad, historias, leyendas, mitos, fantasías,  el narrador, informa de hechos naturales, o sobrenaturales, o una mezcla de ambos, de forma imprecisa, entre el mito, y el hecho verídico,  dejando a la voluntad del lector, donde empieza y acaba la acción.

Para los amantes del suspense, pronto tengo mas pistas, hasta entonces un saludo a todos… dormir bien… ggg…

Sapienter agendum cum illis, ne ulterius augmentum et si bellum oritur, est adversum nos.

La luna llena como un plato de porcelana iluminaba las sombras, no me gusto pero la seguí, después de aparcar aquel viejo opel blanco, en la calle de Miguel de Unamuno, nos incorporamos a la avenida de los Reyes Católicos,  pasamos de prisa Príncipe de Asturias, el parking desierto, y por fin a la izquierda de la calle el edificio, un muro de hormigón dividía la entrada y salida de vehículos, un todo terreno blanco, aparcado delante de una berlina del mismo color los dos con cristales tintados, la luna siempre presente se reflejaba en ellos, giramos a la  izquierda y nos dirigimos a la rampa de subida a la primera planta del edificio, un edificio viejo, que inauguraran allá por el año  de mil novecientos cincuenta y seis,  al final de la rampa, la puerta giratoria daba acceso a un salón, enorme, y de este a la derecha la puerta de una cafetería, vacía en ese momento de la noche, un kiosco, también este con las persianas cerradas,  y la puerta de los ascensores y escalera, tomamos estas últimas, subimos, la luna siempre presente nos espiaba por las grandes cristaleras de la enorme escalera de caracol, una escalera de escalones de mármol blanco, una escalera que abandonamos a la altura de la planta tercera, tomamos el pasillo de la derecha un mostrador de una recepción, con dos ramos enormes de flores, nos dio la bienvenida, en aquellos instantes se encontraba sin ninguna persona, este, situado a la parte izquierda del pasillo que continuaba perdiéndose en la penumbra   de aquellas luces de fluorescencia, que en aquellos momentos funcionaban en modo nocturno, giramos justo a su lado, dejando el mostrador de los dos ramos de flores a nuestra derecha, aquel pasillo con la misma clase de luz, tendría solo la mitad de largura, que el que acabábamos de  dejar, avanzamos hasta encontrar  una puerta de madera, con una gran ventana a su izquierda,  penetramos por ella, había tres hileras de cucos, con sus sabanitas blancas, contamos uno, dos tres, a, b, c…

El viejo cilindro en mis manos, temblaba, tome del tirador del escudo de lacre, en cuya en el que pude leer por segunda y ultima vez, vultus in omnibus libris timentes, IIc, IX.

Tire, del apéndice y el viejo lienzo que cubría un cilindro de piel de oveja se rasgo rompiendo el silencio del lugar, el filo del acero, brillo de inmediato a la luz de la luna, una hoja en forma de hoz invertida, con un nervio que lo acompañaba desde su punta hiniesta hasta su empuñadura el corte situado por ambos lados pudiera servir para afeitar, terminaba en una empuñadura, redonda de plata,  con tres bolitas del mismo material en su parte baja, junto al filo, la bolita del medio se situaba en el interior de un circulo, luego, donde colocaríamos el índice y el pulgar, antes de cerrar la mano estaba situada una cuarta, la parte en que la mano se cerraba era estrecha circular con tres anillos correlativos, y después se podía observar tres protuberancias a derecha e izquierda, y en el centro, todas acabadas con bolitas de plata, dentro sus círculos, tome el arma en mis manos, temblorosas, introduje la funda en mi bolsa, puse esta en bandolera, la nieta de Irene, tiró, de la sabanita…

La cara de la niña, blanca, rubia, que nos miraba, con unos ojos enormes, nos miramos mi compañera y yo, volviendo a meter el puñal en el cilindro, envolviéndolo en su viejo lienzo, y saliendo de aquel lugar, escaleras a bajo, jadeando, salimos por la puerta giratoria y corrimos rampa debajo en dirección al parking de la calle Reyes Católicos, subiendo a toda prisa por esta, alcanzamos Miguel de Unamuno, y en aquel instante en el limpia parabrisas del coche, encontramos la pista siguiente.

Non discoperies turpitudo,  mulieris, aut filiam, Ponam coram jumentum nulla. mandata mea servate...

Una vez en casa, supusimos, que aviamos mal interpretado el enigma anterior y que estuvimos a punto de cometer una atrocidad, esperando la nueva pista, que nos lleve a más aventuras, termino esta entrega, y ser buenos…. Siempre hay quien ve…

La plaza de España aquel cuatro de septiembre, estaba a rebosar, la orquesta situada en la puerta de la casa hierática, tocaba paquito el chocolatero, me encontraba en el tren humano, que se forma hilera tras hilera de danzantes, he, he, he, la música seguía el compás, llevaría tocando la orquesta unas dos horas y media, la luz, primero la energía del transformador norte, salto, dejando sin energía, a la mitad de la población, pocos segundos mas tarde, la luz de los domicilios particulares, se restableció,  dejando solo lo que es las farolas, públicas del lado norte, y oeste apagadas.

Maria, situada delante de mi, me tomo de la mano, me dijo, al oído, acompáñame tengo que ir a casa, salimos en dirección oeste, en la tiniebla,  llegando al parque infantil, con sus columpios y su tobogán, nos facilito la visión, un blanco circulo celeste, un astro que en aquel momento mostraba lo que se denomina luna azul, los rayos de plata brillaban, en las transparencias de Maria, sus dos voluminosos senos, se expandían con cada inhalación de aire, la visión de ellos, a trabes del tejido traslucido, era casi total, impidiendo la visión de totalidad, un bordado, situado estratégicamente a la altura de sus pezones, caminábamos deprisa, al llegar a la fuente, una fuente de granito, que un alcalde años atrás, cubriera, unas antiguas termas romanas, dejando un grifo de metal dorado que vertía el agua a un pilón de aproximadamente un metro cuadrado, de este, se pasaba el agua por rebosamiento a otro pilón de seis por uno, teniendo los dos un metro de profundidad, Maria me sonrió,  espera aquí, y echo a correr, la luz tenue de la luna me iluminaba,   saque de mi chaqueta, americana, un paquete de cigarrillos, tome uno y lo metí en la boca,   posteriormente tome el encendedor, y mi rostro se ilumino con un tono azulado de luz de gas, estaba yo ilusionado con poseer aquella noche festiva aquellos senos voluminosos,  apoyado en uno de aquellos baúles pétreos de aquel puente en años antiguos romano, la calle se transformaba en carretera a mi izquierda, vi  a   Maria ablando con alguien mas allá de mi campo visual, primero no preste atención, pero luego algo me puso sobre aviso, apague el cigarrillo sobre el pétreo baúl, y me fui aproximando cuesta arriba, cuando mi oído pudo discernir la conversación, me pare, no era plan de interrumpir nada, pero mi curiosidad era tanta que sin ningún genero de duda, pude escuchar lo siguiente.

Gesegnet bist du unter den Frauen, wird Ihre Gebärmutter gesegnet.

Cuando Maria dejo al desconocido, y se situo a mi lado, la luz pública regreso de suvito a las farolas, desandamos en silencio la calle ahora iluminada, pero al llegar a una vifurcación no tomamos la direción de la plaza de España, nos fuimos a nuestra izquierda, pasamos por el colegio mayor, tomamos una callejuela sin asfaltar, que nos condujo a la iglesia catedralicea, y a su sombra la casa de Maria, entramos a la cocina solo unos metros mas alla de la puerta principal, nos abrazamos, mi rostro se aprosimo a su boca,  el cabello auréo, ensortijado, brillo, y en aquel momento, ella me ablo en una lengua desconocida para mi.

 Ich bin der Engel des Heils, nicht fragen Sie mich zu verstehen, nur glauben.

Perdí la noción del tiempo, no recuerdo como llegue a mi casa, al día siguiente en la misa mayor de aquel día festivo, ella ya no estaba, pero yo no me encontraba triste, mi felicidad era tal, que cuando mire a la cara de la virgen, intuí, aquella mirada pícara de Maria, y una voz en mi interior, me decía confía…

Me encuentro hoy aquí, rememorando aquel verano, convulso, de aquel antaño, todavía el día diez de mayo, cuando volví a  releer los viejos apuntes tomado en aquel tiempo, mi memoria, juega con la distancia, no discierne, fábula, cuento y/o veracidad, aquel año de mi pos adolescencia,  me marco, y en mis días mas bajos invoco a la todavía joven diosa ensortijada, de cabellos áureos,  y el Chat,   me reconforta.

Mi ángel me acompañará siempre…

 

Un beso ser buenos…

Hasta la próxima historia…

j.r.f.