viernes, 15 de mayo de 2015


EL ESPEJO DE LUNA :

El rasurado de un par de días, dejaba entrever bajo la diáfana prenda, una cerda  diminuta, de un color azabache, se intuía la asperidad del cepillo carnoso en forma de triangulo,de un triangulo equilátero de vertize discrepante, el espejo trajo también a mis ojos, un sostén de encaje del mismo color, dos  insignificantes carnosidades, que cupiesen en el hueco de una mano normal de alguien interesado en el oficio del exploto, dos aureolas se vislumbraban en el centro debajo del calado de las puntillas, el catre cubierto con una manta de lana colchonera, de un equipo de futbol famoso, sujetaba mis rabeles mientras la hembra, daba por finalizado su ritual de limpieza de un cutis pecoso, de nariz puntiaguda, los ojos de la zagala encarnados por el plañido anterior, al recordar , como él, la avía dejado tirada, con su pequeño, fruto de aquellos años de vida en común, el pequeño albañal situado entre sus lactas se agrandó con un hipo, de desconsolado suspiro, en el pequeño cuarto ambarino,  del edificio anejo al mío, aquella pitusa, sufría de desamor, tras la ventana, la  alborada del orto del astro rey era inminente, la diáfana silueta de la aparición cada vez más difusa dio paso a una luna que reflejaba ahora sí, un cuarto oscuro, solo un recuerdo en mi cabeza, “Soy tu madre”.

Lívido, famélico, ávido de libídine, liviano pase las horas diurnas anhelando aquel ocaso que por alguna razón no acababa de llegar, mi ventana abierta, la de enfrente cerrada reflejando a los transeúntes, detrás de los cristales, la bruna oscuridad más absoluta, tal que averno, ni rastro de la enjuta dama, de aspecto frágil, ni de la luna de aquel espejo de cuerpo entero, con detalles de prevés augurios tallados en su parte inferior derecha, que me  miraban con ojos celosos, sabiendo de mi furtivo espiar, las tareas domesticas fueron aumentando aquel día de ritmo, pero mi ánima intuía algo, la figura de la muchacha, de piel nívea, su ajuar recóndito, su mirar encarnado, la pompa de su retaguardia, su crin larga, la frágil apariencia de ese ser presto, su desaparición en el orto de la aurora de aquella mañana del mes de mayo, y sobre todo mi postrero pensar, porque, que sucedió al desaparecer de mi vista como ánima que va al averno, esa frase sacada de un contexto de celuloide pretérito, añejo ya en mi memoria, porque a mí, esperé, esperé sentado frente a mi ventana, comí frente a ella, haciendo caso omiso a las miradas burlonas del resto del vecindario, lentamente paso aquella tarde calurosa, en la lejanía, nubes de evolución esa noche abría tormenta.





Los relámpagos iluminaban el cuarto amarillo de la vivienda aneja, donde las apariciones furtivas de la doncella, en días postreros, fui acechando desde mi atalaya, vigía de gente baldía, incauta, de mucho tiempo libre, los truenos atronaban los acristalamientos del vecindario, no un vecindario de gentes ricas, sino más o menos todos prófugos de aldehuelas más o menos agraciados por la sublime deidad, las centellas iluminaron el cuarto ambarino mil y una vez, de la fuliginosa, enjuta mujer ni pizca, estaba visto, aquella noche en la que empezaba un torrente pluvioso  de abrigo, aquella noche las feéricas, joviales anuncias, no auguraban más que lluvia a chaparrón, sabiendo de antemano que la enjuta ánima de mí ficticia vecina, tarde o temprano llegase a casa, monté guardia en mí alcoba,  bocata de pimientos fritos en mano, botella de vino y esperé, esperé y espere, la lluvia, los relámpagos, los truenos, todo intuía que  aquella noche no iba a ver ni rastro de la dama, me limpie el belfo, y seguí con mi imaginaria ya pronto la tercera, ggg… dormí, el cansancio me paso factura.
La tenue luz de la linterna, focalizó un haz ambarino, un caño de luz que paseaba por el cuarto pajizo, a eso de mi ya pasada tercera imaginaria, no pude ver la figura bruna fuliginosa tras el candil, oteó todo aquel cuarto, como ser ávido de respuestas, llegando sin dudar  a la luna acristalada del espejo, la enjuta figura de la doncella, madura, fue cobrando forma ante mis anhelosos ocelos castaños, la exangüe piel nívea de la zagala, sin ataduras de ternos  acrílicos, facilitó a mis sentidos una visión de su ser, la tenue hendedura tamizada de áspero celaje lóbrego de su monte de Venus  y sobre él la alforza trasversal de su bandullo ya no tan sobrio subiendo sus dos lácteas algo bizcas, hoy sin las ataduras de sostén alguno, las fulguras castañas inhiestas como pitones de Victorino astado, apuntando a este furtivo observador, el fibroso cuello dio paso a un cutis serio, una mirada de cólera unas platicas sordas a mis oídos, la cara exangüe de la doncella tras encenderse de súbito, dejó paso a un fuerte impacto con un objeto sobre la acristalada luna, estallando una detonación amortiguada por la inerte Lucerna, mi sobresalto fue instintivo eran las cinco, el despertador sonó, los truenos ya avían dejado de relampaguear los cielos nocturnos del vecindario, el cuarto de enfrente seguía oculto tras su fosco acristalado, todo avía sido un sueño.
Un sueño, quimera de la razón humana, me informé y en la morada aneja ya hacía mucho que una dama enjuta de piel pálida  sin motivos aparentes fue defenestrada dejando huérfano a un rapaz, en el periódico venia su nombre, “La madre que me paro”.
J.R.F.


lunes, 4 de mayo de 2015


MISIBA AL ALBACEA:

 

Me muero, dijo él hombre cuando la humedad del regüeldo, bajó pernera  abajo hasta el maléolo, la hediondez, rodeo al hombre de inmediato, me muero volvió a pensar mientras se quitaba aquel atavió hediondo,   me muero, pero al ser posible hoy no, acabó de quitarse el ropón, la ducha fría, le reconforto, el ánima, abrió las ventanas al álgido  invierno de la estepa castellana, el cierzo se coló en su alcoba, la luz de la lámpara de la mesita, comprada en china, alumbraba una luna sobre un palanganero, de porcelana a juego con la lámpara, se atufó de aquella colonia de sahumerio de insecticida de permuta, osada, tomo la pluma de ganso, el tintero, y papel, y con garabato disléxico trazó una esquela , epistolar alegato para que se supiese, lo mucho que él pelaba  la pava, tomo también un vaso de chupito, cuando vertió en él  el orujo, su diestra mano tembló,  empleando la diestra y acompañándola con la zurda, llevo al gaznate ávido la galena nívea.

Mañana, será tarde para que yo, te diga mimos, mañana solo seré una sombra, hoy yo soñaré con la andorga de la hembra bermeja, hoy mi ilusa ilusión esta recompensada hoy mi armonio ampuloso baba nívea néctar en jergón nocturno.

El duelo ilusorio, enlutado bruno, de la moza rechoncha, engalanada de  azabache, ceñido a grupa prieta, pernil embutido en leguis diáfano, superpuesto en cuña  calada, de bordado de flor, encaje sutil ámbar, puesto encima de la intrínseca hendedura púrpura , tapiz rucio ensortijado, sílfide de sueño de hombre famélico de recuerdos añejos de tiempos pretéritos hoy recordados al ver tú  foto.

El güero triangulo anhelado, gaznate  salobre, ilusión de siesta estival, hoy pixel enfrentado a ocelos canelos, abiertos para no perder detalle, ánima  jubilosa, antojo  de baboso cenceño.

Plañido de hembra sola, diva bermeja de ubres galgas, hoy biseladas en paño diáfano de derrama exagerada, lloro de doncella tramoyista,  hoy duelo de soledad, pésame de gentes fuleras, que te reconfortan la noche de autos.

Mañana solo seré un recuerdo, un hermoso recuerdo, el recuerdo de quien antaño, aquel pequeño mozo fue quien te cobijó, junto a mi dándote mi regazo,  de plañido salobre, aquella tarde  de finales de junio, un recuerdo bonito, soñaras con migo, las noches de calor fogoso, nuestras  ánimas confluirán astralmente, o eso al menos creerás, será una ilusión que pronto dejará de iluminarte, tus solitarias, y trémulas noches, pronto se apagarán.

Mañana será el principio, la robusta azabache, conocerá a un hechicero, el olvido dará paso a  la indiferencia, esta caerá en la artesa de los tiempos pretéritos, donde se mezclan las emociones, los hechos reales con las meras ilusiones, pronto seré un recuerdo nublo.

Hoy te escribo…… 

Lo siguiente, fue cada vez mas inconexo, desunido, él, el hombre tomo un sorbo del mejunje del cristalino vaso, cogió la pluma de ganso con mano diestra y la introdujo en el tintero, el trazo acabo encima la mesa.
El finado frío, yacía en catafalco de pino, la corrala portalada de puerta de roble, sin pintar, de tablas torcidas, daban paso a la luz púrpura  del atardecer, la cubierta, cubierta de cubija, llena de arañones colgados sobre el féretro, abrigaba cuatro taburetes, de asiento de paja, a ambos lados del yacente ,más distante  en una mesa camilla una jarra de barro con vasos a medio llenar de vino tinto, y una botella a medias de anís jaspeada, de burbujas de antaño, por detrás el gallinero, y al fondo un sonido, un aullido inconsolable, la viuda bermeja, oronda, sufría  sin alivio. 

El hallazgo de la misiva epístola, días después del sepelio del hombre, hizo recordar a la núbil doncella, la hermandad incestuosa, las tardes soporíferas estivales, tardes en las que la libídine lubricidad, impúdica de sus cuerpos lubricados de sudores  salobres, de babosas caricias del ápice de su amado, sobre la piel rociada del rocío anaranjado, del mejunje aquel, que impregnaba siempre antes de yacer juntos,  recordó sus caricias, aquel día de hace ya tantos años, su primera vez, ella  una infanta de dieciséis años, él un hombre joven, caricias robadas bajo aquel vestidito estampado que la pitusa ceñía a la cintura, y que colgaba poco por debajo de la grupa ya generosa de la zagala, caricias robadas delante de la madre de la cría,  en aquella casa blanca, debajo del parral aquel, hoy a medias de podar, él se fue, le recordó, el llanto inundó de nuevo su desconsuelo, se sentó y gimió durante horas.
 
El aloque torso de la viuda, velado por cendal diáfano, se torno turgente, a las caricias de las manos avilés del artista, la brocha de este, reposando en un lienzo cercano, la sonrisa de él o la ya falta de compañía hizo que sintiera un fogoso deseo carnal.
El mozo, insistía en la pose de la viuda, para que el retrato, fuese tomando forma, la preñez incipiente de la zagala, deslucía   la obra de arte, sugiriendo que se quitase la prenda azabache de un duelo  ya añejo, la lorza carnosa de su anatomía, se desparramó,  dilatando el armonio del pintor, tomando sus galgos senos rebosantes del néctar cerúleo, atrajo el belfo de la fémina, y besó sus amplios labios, la inminente preñez de la aceitosa hembra no fue brete alguno para el goce ya pretérito de sueños de hembra famélica del sentir amoroso.
Él, el difunto tenía razón he aquí al alquimista que suplirá en noches de invierno las caricias ya olvidadas de temblorosa mano diestra, lo que no se imagino que dentro de pocos meses, un retoño, carne de su carne, un joven bermejo, vendría al mundo, para remembranza de tiempos antaño olvidados



Hoy en este mes de mayo, yo un mísero cuenta fábulas,  narra, la ilusa leyenda de aquel, no sé si joven, o maduro hombre, a su al parecer pareja, jácara de parábola intencionada, oculta a la vista de profanos ojos.
 
Parábola ilusa de diestro turbado, fabula de quimera de tiempos pretéritos…
Al que quiera entender que entienda…

Un saludo a todos de este…

J.R.F.

domingo, 26 de abril de 2015



NO TE FIES:

Tú, ya sabes lo hipócrita que es la vida, le dijo a su amiga, mientras traveseaban, en el jergón, almohadado, ella sonrió tenuemente, te acuerdas dijo él, la plaza España, la calle angosta, en dirección norte, yo situado frente al refugio, de espaldas a la mezquita,  y tú una eternidad de años más joven, coqueta con aquel soldado, sí un mozo, que se hacía acompañar por Kiko, aquel que llamaban “el rico”, lo siento dijo ella, ajustando su sostén, noto, un deje de celos en tu comentario, celos, dijo él hombre levantando la voz, celos, ggg, tristes recuerdos, yo soñador cuando me retiraba de la luz tenue de la farola verde, melancólico, imaginaba, hechos hoy desacertados, de somnolientas embriagueces, añejas en molleras obtusas, no sé, hoy ya sé, que el ánima libre, fluye el cerote del mozo de antaño, acto hoy para el cortejo, copula, antaño, añejos brunas cavilas, ella lo besó en los labios, las dos lémures se afanaron en la cubre, ya nada importaba, la segunda fase de su existencia acababa de empezar aquella noche de luna llena, las prevés   del boscaje velaban su anhelo, él dio la vuelta en la enjalma, poco después, ella clavó en su cuello los colmillos, sorbiendo, la hemorragia escarlata, dejándolo níveo,  un material inservible, abrió la ventana, y huyó bajo el astro, cenital  que iluminaba el paraje.

Nunca se supo, cuando después de que lo encontraran débil, él muchacho,   comenzó a injerir alimentos, famélico de un avidez ambiciosa, él siempre hablaba de una güera,  de tiempos pretéritos, él, el mismo empezó a cambiar de hábitos, con el tiempo, él busco a otras núbiles ninfas.

La meretriz concubina, acompañada de su compinche, guiaban a los dos varones, todas las noches calle arriba, aquella calle situada a levante, abriéndose a la plaza España, la bruma envolvía a la doble pareja,  diana, en su cenit, refulgente, regía sus pasos, perdiéndose en la confusión, el lozano militar, siempre a la vera de ella, a la diestra de la liviana  catire caminando por detrás, “El Rico” acompañando a todos otra entelequia diáfana.

No, se negó, él, el hombre se negó, su cavila lo vendía,  no solo libaba, el belfo carmesí de la boca fémina  el armonio palpitante del zagal, poniendo fogoso el pensamiento postrero, de aquel al que dejaron sentado en la localidad de espaldas a la mezquita, su pensamiento, sofocó  suspicacias, se levantó, caminaba cuesta arriba, la núbil rolliza pitusa, le sonreirá, sonrojada por la historia que él el vacio ser, de tiempos pretéritos le contaba a la oreja mientras pensaba en la mujer blonda, tomó un seno pequeño su mano lo cubría en su totalidad, la turgencia  parda entre los dedos índice y corazón sobresalía tenuemente a la luz del satélite terreo, retiró con dulzura el pelo enmarañado de la andorga de la zagala, el dolor ardiente del ariete al penetrarla, pasó a la nada, su existencia ya avía cambiado.

Hoy quiso ver en los ojos de una dama, aquellos fanales añiles de la bruna pérfida, que antaño le robó el lívido a su ánima, solo fue un instante y luego    desapareció entre el gentío, miró al establecimiento, dos ocelos conocidos, lo observaban desde el estante del escaparate, su reencuentro estaba próximo, por fin el futuro estaba próximo.

 

El futuro, será sabio, juntando, a los dos arropes, quien sabe, eso es otra historia.

j.r.f.


viernes, 17 de abril de 2015


Mísera misiva que araña renglones disléxicos de mano temblorosa, trozo de ánimo manuscrito aliento  vomitado en tinta azul de bolígrafo añejo, símbolos arañados en níveo folio de papel , palpito de armonio latente, espectro de un pasado antaño olvidado, fábula arácnida de meretriz gotosa, no solventada, epístola incierta que no supe atesorar, pérdida de trozo de aliento de pobre, burdo ,bruto, disléxico,  que  cuenta con que le facilites una ofrendada jácara, arañón en su tela, esperando alada presa,  yo mientras espero que el correo viaje rápido, mientras que con  amor plaño lagrimas salobres que empapan símbolos arañados en papel níveo  con mano temblorosa, luego aroma a mar metido en sobre facturado en manos del destino, mimo del pasado, que recibirás en el futuro.

La bruna ánima de herrumbre férrea, invita a pensamientos lóbregos, pedazo de alma profesada, cadalso de reo, abandonado a su suerte, sin el amor de la dama, vomito de entrañas hoy pávidas, ensayo de hombre que se cree herido en su brío, renglones agraviados por mano temblorosa de disléxico, dipsómanos temblores de diestra escritura, garabatos en misiva, epístola del sentir, plañido salobre en manos del destino, esperando el pronto fin, guitarra abrazada en noches solitarias, compañía de música díscola, soledad de un tiempo pretérito pronto olvidado, plañido de esperanza que el correo llegue presto, a la persona amada.
Un beso de este amigo:

Javi…

lunes, 13 de abril de 2015


HISTORIA DE ANTAÑO:

Losacio de Alba 1936:
 

In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti ita, la pequeña iglesia de la aldea abarrotada aquella mañana , el fraile, hermano de la mitad de los feligreses oficiaba el sacramento de la liturgia mística, serían las trece horas del día trece de abril, en el exterior de la cripta, la lluvia golpeaba tenuemente el cristal del rosetón de la linterna, Cari Fratres, continuo el fraile, nos hemos aquí reunido ya en un castellano propio  de gentes que han pasado la mitad de su vida en país errante, hoy junto a esta pareja, junto al hermano, había una pareja de novios, él con uniforme militar, teniente del ejército regular,  junto a él, ella vestida de blanco impoluto, joven, de cabello  fuliginoso de  edad incierta, de rechoncha , cara anular y nariz incierta , sonreía a todos iluminando con sus ojos ocelos  las ánimas de todos los congregados en la pequeña población, un poco de silencio por favor, la celebración después, dijo el monje estamos aquí reunidos para celebrar el sagrado matrimonio de estas dos personas.

Pero el murmullo en vez de amainar aumento, las gentes, miraban a la puerta del templete, murmurando ya no prestaban atención al oficiante, la nave de la pequeña ermita de santa bárbara, situada con el campanario a poniente, el retablo situado a naciente, la puerta de entrada a mitad de la nave central, de espaldas al sol se hallaba situada a la izquierda, los asistentes se arremolinaron en el portón  de maderos gruesos de roble, con clavos de hierro forjado por un herrero de la localidad, claveles oxidados remachados por el interior por férreos contrafuertes, alguien se levantó, cerró la puerta,   la aprensión  se apoderó del ánimo de todos los sitiados, la sacristía a continuación del portón, ya después de la cúpula del tabernáculo   principal, tenia velada detrás de un mamparo, una siniestra oquedad, los primeros en pasar por él fueron la pareja, que a todos efectos, a partir de ese instante ya eran marido y mujer, luego abandonaron la capilla por el bruno pasadizo niños, seguidos de mujeres, ancianos y machos fértiles, los hombres que no estaban catalogados en ningún grupo, quedaron dentro, junto con el sacerdote, protegiendo el pórtico del ariete de la incivilizada orbe de carcas, atacantes del receptáculo sagrado.

Las teas, revotaban en los refaldos de una lonja amohecida por el paso de tiempos pretéritos, que la humedad del día aumento su función de ignifuga techumbre, asediada por los milicianos, gentes dóciles, que fuesen conciudadanos de los vecinos asediados, hoy azuzados por pérfidos oficiales de juntas de ofensivas nacional sindicalistas, con amenazas, hombres menesterosos que compelidos a salir de su hábitat humilde, luchan bajo el pendón del déspota, caudillo carca anheloso de riquezas futuras, hombres con familias iguales a aquellas que estaban hoy sitiadas dentro del sagrario, en un numero incierto, los milicianos, rodeaban el sacro monte, los camiones aparcados en la era no muy lejos de la pequeña iglesia, solamente vigilados por un par de  milicianos, con camisa náutica, boina escarlata, y pantalón que a la altura del pernil se hinchaba  con desmesura su color  kaki, un tirante en bandolera pasaba por el hombro diestro, sujetándolo con un botón un ojal disimulado por el correaje.

El orbe colérico, bajó calle abajo, en dirección poniente, pasaron por el centro de la aldea, bajando poco a poco hasta la misma orilla del río, cuyos meandros, recubiertos de alisos, daban riego a unos huertos situados a diestra y siniestra de la corriente del agua, la mala fortuna de aquella muchacha que aunque no moza, aparentaba  su corta edad, pero ya su enjuta figura famélica,  de panzadas de tocino añejo, desnutrida solo la enorme preñez de su tripa de más de seis meses, abultaban ya sus senos bisojos por falta de sostén, cortaba heno con la guadaña, siempre al cuidado de una párvula   morenita  calco de la ávida joven.

El orbe cortejo, cuando ya su furor disminuido por las horas de brutal acecho al poblado, viendo la pareja de hortelanas, segando hierva junto a un rucio, su nublo pensar se ofuscó, embriaguez de multitud eufórica, los llantos, voces, esfuerzos de la madre por salvar a la núbil criatura de las garras de orbes enfurecidas, de milicianos sedientos, dio paso a horrores cuando aquel joven rubio, de ojos color miel machete en mano corto, las dos muñecas de la pobre polluela, arrojándola sin más a un pozo de un huerto vecino, mandando a dos compinches de la milicia montar guardia en brocal del mismo, trascurrida toda la tarde de aquel mes de abril, la milicia abandono el asedio a la localidad.

O eso fue lo que pretendieron que creyeran los lugareños, cuando  ensalzados varones encabezados siempre por el recién casado, el fraile y otros lugareños acabaron de sacar de la ergástula bruna  al cuerpo tembloroso de la ninfa sollozante, vendaron sus heridas con lino, embalsamado de aceite de oliva, telas de araña y coronas de jara, emplaste tradicionalmente curativo, cuando todo hubo pasado la mala fortuna hizo que de un lóbrego anejo saliesen los milicianos, pillando en descuidos a tales salvadores, la fortuna hizo que saltaran al interior del pozo, mientras los proyectiles pasaban rozando sus anatomías.






Aquel bermejo jefezuelo, sirviente del líder carca,  que acaudillaba aquel sin sentido, mandó a un burdo, bruto seguidor que bajase al pozo, y que izase a cada uno de los allí ateridos sujetos, casi al borde de la hipotermia, dándoles la apostura de una expiación  rápida, en la nuca, a quemarropa, la deflagración causada impulsa la  masa meníngea esparciéndola, finado, indoloro, todos y cada uno fueron izados llevando la misma suerte, dejando a los tres últimos, el teniente del ejército regular, recién casado, al fraile y a otro zagal escogido por la diva  fortuna,  acervo del destino tarambana,  poniendo tres cruces en forma de equis, ataron a los sujetos a ellas, dejándolos morir de inanición después de muchos días de ayuno, cuando los milicianos se cercioraron de la muerte de los reos, abandonaron la localidad, dejando la orilla del río empapada del matiz púrpura de la sangre, y el ambiente sahumerio de ponzoña de finados difuntos yaciendo sin túmulo.


Los hechos aquí relatados me los conto un hombre entre sollozos, un hombre, de avanzada edad, calculo que unos ochenta y dos años, me afirmo, que fueron exhaustivamente tal como me los relató, yo solo los he transcrito, espero os guste, y reflexionemos todos.

J.R.F.

miércoles, 25 de marzo de 2015


UTOPICA QUIMERA NOCTURNA:

Puedo solidarizarme y me solidarizo, con los hechos acaecidos ayer, aunque no análogos si coetáneos, en lapso efímero, como antropófago cruel, feroz bárbaro, pillado con los testículos, escritillas genitales, refrigeradas en un refrigerador adecuado, en un país acto para esos menesteres, intervalo fúnebre, de fantasía de modorra noctívaga, donde la narcosis de lo irrefutable, compite con dosis de ilusas quimeras, sueño rem recóndito de apneas entrecortado de iluso ser, fantasía que pudiese iniciarse, con una cena opípara de bacalao al horno de leña una noche del mes de marzo, con guarnición de patatas a la panadera, y una botella de vino de crianza de la cosecha del año anterior.

Todo el universo según abrí los ojos era bruno, como sobaco de grillo, poco a poco entre la bruma atezada, fui vislumbrando la silueta de un vehículo, la plática con el cochero, afásica sin eco ni de cinética impulsora, ni de voz  en oz inexistente, subí a tal carruaje de diestro cochero, ambarino, con terno  bruno, de sombrero de copa.

Instantes después una puerta enorme de madera sombría, con clavos aclavelados sujetando unos tabloides en medio de un puente lóbrego, con iconografías aladas, de polichinelas de leviatán, lujuriosas figuras inertes de mármol taimadas lúbricas imágenes concupiscentes sedentarias en capiteles pétreos a diestra y siniestra del carruaje, la pared del torreón, de granito escabroso  se perdía de vista entre unas nubes lánguidas que acechaban una lluvia, pero que en aquellos momentos dejaban hacer a los que en la tierra nos encontrábamos, al momento se abrió medio portal, su parte derecha exactamente, su pesadez interminable fue algo lento, la portada dio paso a un patio donde ya a esa hora se concentraba un gentío enlutado, obscuro, solo formado por machos graves de raza blanca, la multitud fue acumulando su presencia afásica, en la parte de atrás del trasporte, esperando a que el cochero y yo mismo nos bajásemos del camarote del manejo del vehículo.

El féretro, negro, de vinilo pequeño, fue izado a hombros por los presentes personajes de capotes sombríos largos, capas terrosas con zaínos adornos de encajes auríferos, la afásica procesión llego al torreón donde un ser pretérito, de menciones añejas de antaño, con un talar lóbrego, esperaba la comitiva, todos letárgicos fuimos acomodados en unos bancos de una abovedada estancia, mientras que el sumo iniciado subió tres escalones en un altar, concelebrando una afásica panegírica saco de su bolsillo senda herramienta de filo aguzado, y abriendo el ataúd, cortó la cabeza del desdichado finado.

Una rápida multitud se arremolino en pos del abate, famélicos de creencias atávicas, de ancestros añejos, la luminaria nívea que nadie vio por su famélico  afán, me envolvió, y fui transportado al instante.

Un pórtico tras otro fui pasando portales hasta llegar a aquel en que ella me esperaba, en su lecho, echada en la enjalma, alba su rolliza anatomía, novel solo cubierta por ropón tenue, diáfano, me acogió en sus brazos, su andorga bermeja de crin encrespada se adivinaba bajo su refajo, ya olvidado tiempos preliminares de quedas lobregueces, en brazos de la mimosa hembra cándida, confortando mi ánima hasta que la hinchazón de mi Príapo, abotagado de lujuriosas quimeras, instó al hipotálamo, fue un efecto inmediato, una sensación de desazón, primero la desorientación, luego más tarde al hallar la luz rojiza de la hora en la mesilla de noche, junto al ordenador,   todo estaba controlado, me levante y fui al doble uve c, y allí fue el comienzo de otra historia.

J.r.f.

viernes, 13 de marzo de 2015


EL CAVO DEL PIRLITERO:

 

De vesículas tengo mis manos, del zapapico desechado, astil, duro el rabo de  tú madera quebrada, que mitón de cuero prieto no soslayo de la azada, cuando desflora la tierra utensilio u herramienta, que a moza púber ingenua, prieta, dura lacónica, valquiria, que cuando la reciedumbre de forjas tan afiladas violan su troquel ingenuo, del majuelo hebras le salen, de cepa tuerta el pellejo, que a las manos delicadas, se ampollan cogiendo azadas, válgame dios que herramienta, manos que de noche usas para pasar, por ósculos, inciertos sitios con mimo, que aunque manso sea el tacto, arduo resulta el espino.

Ya acabo el cavo dichoso, de vides tan enojosas, de prieto himen, dura heredad, límpida llena de hierba, que mañana acabare revolcándome en el polvo, en tu polvo ambarino copula de herramienta,  tengas o no  paciencia joroba yemas de dedos tienten celos velos de hembra bermeja estéril,  de tardes primaverales.

La herrumbre de la herramienta, mañana acabo dichoso, si no hay otra opinión de socavar  majuelo yermo, pensando en ulterior, un tiempo en racimos rollizos en un vino frío, en una mesa de viandas, con ella lisonjera siempre, aunque sea vegana de  dolo confuso, o cierto, pero siempre en mi huerto, con vino tinto regado.

Mañana ya acabo el cavo, confiando en el futuro Dionisio se portará  ahora, ahora  toca esperar las llagas de mis manos curar, que las tengo como Cristo,  y así no puedo tocar bandullos hueros de antaño.

Hoy brindo con vino añejo,  mi majuelo cetrino césped de  antaño, mañana ya es castaño, como madre ya con hijos, fecunda,  fertilizada, preñada esperando dar a luz el fruto que siempre anhelo, la uva de este majuelo, pronto vino  cataré, vino, viandas y después ilusiones de viejos augurios que a chicos y grandes cautivan, hasta otra sin rencor, que mañana acabo el cavo del majuelo del señor, del señor que lo planto.

Hasta siempre digo yo, siempre bebiendo del vino de la parra del camino, junto a ella por favor adiós me despido pues embriagado ya que estoy solo pensando en después y en una copa de vino.

J.r.f.